Nadie sabe donde estuvimos

toda la tarde llovió
y nadie sabe dónde estuvimos
de ahora en más
me quedaré en tu sombra
viviré el fin de las estaciones cuando
el insecto retorna a su estado de larva
listo para creer que cada uno que anda
por la calle es uno que yo conozco
pero yo me quedaré en mi cuarto
hecho de tu sombra
en una habitación oscura
donde la muerte es una desorientada mensajera
donde entro en esa pobre tan mínima luz
sea como eso sea

                                                                             Luis Benítez

 

Sombras

Luz del alba rumiando en los chiqueros
que mi comadre ordeña.
Sus manos sustanciosas amasan quesos
o golpean la tela el día entero
tejiendo peleros y jergones.

Mientras tanto los brazos de su hombre el hachero
rebotan en el monte
o se abren como leños
para abrazar los árboles tumbados.

Cuando al caer la tarde el horizonte
parta al sol de un hachazo
y llegue la sombra con sombrero al rancho
dos manos rozarán sus asperezas
al pasarle ella un mate junto al fuego
y temblando cansancio entre los puños
sin decirse palabra
dos sombras sabrán que se han hablado.

Autor: Hector Daniel Gatica – Prov. La Rioja

Los espejos

Yo que sentí el horror de los espejos
no sólo ante el cristal impenetrable
donde acaba y empieza, inhabitable,
un imposible espacio de reflejos
sino ante el agua especular que imita
el otro azul en su profundo cielo
que a veces raya el ilusorio vuelo
del ave inversa o que un temblor agita
Y ante la superficie silenciosa
del ébano sutil cuya tersura
repite como un sueño la blancura
de un vago mármol o una vaga rosa,
Hoy, al cabo de tantos y perplejos
años de errar bajo la varia luna,
me pregunto qué azar de la fortuna
hizo que yo temiera los espejos.
Espejos de metal, enmascarado
espejo de caoba que en la bruma
de su rojo crepúsculo disfuma
ese rostro que mira y es mirado,
Infinitos los veo, elementales
ejecutores de un antiguo pacto,
multiplicar el mundo como el acto
generativo, insomnes y fatales.
Prolonga este vano mundo incierto
en su vertiginosa telaraña;
a veces en la tarde los empaña
el Hálito de un hombre que no ha muerto.
Nos acecha el cristal. Si entre las cuatro
paredes de la alcoba hay un espejo,
ya no estoy solo. Hay otro. Hay el reflejo
que arma en el alba un sigiloso teatro.
Todo acontece y nada se recuerda
en esos gabinetes cristalinos
donde, como fantásticos rabinos,
leemos los libros de derecha a izquierda.
Claudio, rey de una tarde, rey soñado,
no sintió que era un sueño hasta aquel día
en que un actor mimó su felonía
con arte silencioso, en un tablado.
Que haya sueños es raro, que haya espejos,
que el usual y gastado repertorio
de cada día incluya el ilusorio
orbe profundo que urden los reflejos.
Dios (he dado en pensar) pone un empeño
en toda esa inasible arquitectura
que edifica la luz con la tersura
del cristal y la sombra con el sueño.
Dios ha creado las noches que se arman
de sueños y las formas del espejo
para que el hombre sienta que es reflejo
y vanidad. Por eso nos alarman.

Jorge Luis Borges

Voló la golondrina

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Claro
ya nos son golondrinas las que vemos emigrar
de país en país
hoy los pájaros tienen forma de aquilatada evasión
para nosotros 
los del sur
hoy son viajeros de la crematística
aquello que se dispara oculto
tras el dorado fuero secreto
hoy tienen forma de cruda truculencia
de vuelo.
Por derecho propio
nos los australes
no podemos ver volar golondrinas
ya más que trapisondas
como huidizos fantasmas
al decálogo de las nuevas aves del paraíso
que dan la espalda a sus fuentes:
la acumulación orgánica
que acallarían a las golondrinas de Bécquer
asustadas y perdidas
con tanto buitre rondando el edén.

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Todo es gris. Hace dos meses que comenzó la primavera, pero aún no se la pudo ver. Se sostiene un frío invernal y en muchas provincias del norte comenzó a nevar por primera vez. En un sector del planeta hay inundaciones que desbordan toda la vida, pero en otros lados las sequías quiebran el terreno y desaparece todo. Se desatan vientos huracanados de 400 kms. por hora y las tormentas eléctricas invaden todo. Terremotos, deshielo en los polos, agujero de ozono y quiebra del ecosistema. En el cancel de mi ventana se posó una golondrina que mira hacia adentro. Está buscando un nido protegido. Me asomo para mirar hacia la calle y me sorprendo al ver que todos los caminantes se convirtieron en golondrinas desorientadas y omnipotentes.  Y cada golondrina, en una máquina buscando como refugiarse.     

Autor:  Juan Disante Sur   –   Buenos Aires

Un Paisaje


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“Fiesta” de Evaristo Valle      .

Sabes, hubo en tiempos aquí 

bosques tan erguidos, bosques

como inmóviles flechas.

En entre ramas nuevas

se abrigaba el canto

de pájaros de oro: era el alba.

Hubo una vez un remoto lugar

y un paisaje tan verde, unos años

grabados en la memoria dañada

de la tribu. Pero al cabo no engaña

el signo crepuscular de la hora

ni vuelve atrás el flamígero viento

infinito que sopla y que pasa. Todo

es la mísera raíz de cuanto ha sido,

todo arena o ceniza de este yerto paisaje.

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Autor: Alejandro Drewes

Niñez del agua

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Casi nadie pasa por aquí a esta hora
sólo el resplandor fantasmal sobre el pavimento
camino al canal cardamos uvas
nos mojamos la cabeza con acequias de barro
niños y lagartijas nos confundimos a veces
saliendo de los cañaverales
hacia los basurales baldíos
moviendo nuestras colas bajo el sol
siesta y misterio
damascos robados
camino de la sombra
por fin el agua
los barcos de nuestras sequedades
navegando en la selva amazónica
de nuestros siete años.

 Simple sería el amor

sin nosotros

pero el amor sin la piel sería algo extraño.

Sólo se le vería caminar

entre los intentos.

Autor: Adrián Campillay – San Juan – Argentina

Soja

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Ya hacía más de treinta y cinco años que los militares se habían ido y, en el campo, el verano penetraba como un aguijón en los sembradíos cargados de soja, acurrucando las hojitas y convirtiendo en un mar verde el inmenso horizonte de los gredales casabindos. Quique y yo, al caer la tarde nos íbamos al pueblo a pasear por el Camino de las Yungas o por la Hijuela de los Pozuelos. A Quique le gustaba calcular el número de hectáreas que tenia cada finca y las carretadas de porotos que iban a dar. Se había acostumbrado a medir las aranzadas de tierra contando primero a ojo los entreliños. Y acertaba siempre. En cambio yo estaba estudiando sociología en Buenos Aires y mi mirada sobre el campo tenía una perspectiva más testimonial. Mi estadía en Abra Pampa abarcaba los tres meses de vacaciones universitarias y me encantaba pasarla con Quique para recordar los años de infancia que habíamos vivido como una volada aventura. Las variadísimas sembraduras de aquellas épocas en Cochinoca nutrían nuestros cuerpos y nuestros espíritus y nos proyectaba en lo por venir en términos universales. Según escuché, el invierno había pasado por el pueblo como la viruela. Sólo se había salvado el espinillo y la encañadura. Estuvieron varios meses comiendo guarro picante y algarrobas. La avanzada por esas trochas, viene a tener unos 40.000 metros cuadrados, pero en invierno los estancieros ni aparecen. Las cosas iban de mal en peor, eso decían, porque cuando  en épocas anteriores había diversidad de cultivos, se presentaban cosechas abundantes de maíz, de trigo, de frutas  y de diversas hortalizas. Eso permitía comer frituras de distintos granos, aprovechar el dulzor de las cepas para preparar el rico guarrús y atiborrarse con una carbonada pachacona. Hoy todo está preñado de soja. Y todos los nutrientes de la tierra se fueron con ella. Para Europa, o quizá más lejos. Una buena hectárea produce más de 20 carretadas de acopios, pero labrar lo producido es muy mal pago. Para más, el piojo verde había hecho su enero y se acudía a la fumigación descontrolada, y por todas partes se veían gentes con el cuerpo bombardeado por el exantema. Quique me decía que el bolsillo de los dueños de tierra crecía y que este año iban a triplicar el resultado. Algo que no sabía lo que era me empezaba a trepanar la memoria de las pasadas alegrías. Quique quería casarse al año siguiente. El padre de la novia tenía el mejor almacén de ramos generales del pueblo, y le decía a Quique que lo mejor era meterse a ganar dinero con los negocios. Con este gigantismo de la soja, uno podía hacer una regular fortuna en un par de años. Pero yo no veía con buenos ojos que Quique se casara, me parecía que era abandonar de alguna forma nuestros ideales de luchar contra los intereses creados, la contaminación, las desigualdades y poder recuperar las cosas perdidas. Claro, él en Jujuy y yo en Buenos Aires no era un proyecto muy favorable. Me acordé de inmediato, cuando niños, en la ayuda que dábamos a nuestros padres en la cosecha de las uvas. Había que seleccionar y catar las partidas de las vides, combinar los mostos, almacenar el vino resultante. La vendimia nunca tuvo una fecha fija para empezar la faena, depende de cómo esté la uva de madura y del tiempo que haga. ¡Qué mágico! El padre de Quique era catador y tenía que probar cien botas en un solo día; si no escupiese el vino, reventaba como un globo. Pero Quique y yo nos tomábamos entre pecho y espalda bastante más vino del que podíamos aguantar sin resentir nuestros escasos quince años. Muy de mañana, los Llapangos y los Susques se mortifican asojados. En los sueños del terruño, extrañan la faena de las vides y el vino chinche patero.

 Obra plástica de Jorge Frasca