Soja

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Ya hacía más de treinta y cinco años que los militares se habían ido y, en el campo, el verano penetraba como un aguijón en los sembradíos cargados de soja, acurrucando las hojitas y convirtiendo en un mar verde el inmenso horizonte de los gredales casabindos. Quique y yo, al caer la tarde nos íbamos al pueblo a pasear por el Camino de las Yungas o por la Hijuela de los Pozuelos. A Quique le gustaba calcular el número de hectáreas que tenia cada finca y las carretadas de porotos que iban a dar. Se había acostumbrado a medir las aranzadas de tierra contando primero a ojo los entreliños. Y acertaba siempre. En cambio yo estaba estudiando sociología en Buenos Aires y mi mirada sobre el campo tenía una perspectiva más testimonial. Mi estadía en Abra Pampa abarcaba los tres meses de vacaciones universitarias y me encantaba pasarla con Quique para recordar los años de infancia que habíamos vivido como una volada aventura. Las variadísimas sembraduras de aquellas épocas en Cochinoca nutrían nuestros cuerpos y nuestros espíritus y nos proyectaba en lo por venir en términos universales. Según escuché, el invierno había pasado por el pueblo como la viruela. Sólo se había salvado el espinillo y la encañadura. Estuvieron varios meses comiendo guarro picante y algarrobas. La avanzada por esas trochas, viene a tener unos 40.000 metros cuadrados, pero en invierno los estancieros ni aparecen. Las cosas iban de mal en peor, eso decían, porque cuando  en épocas anteriores había diversidad de cultivos, se presentaban cosechas abundantes de maíz, de trigo, de frutas  y de diversas hortalizas. Eso permitía comer frituras de distintos granos, aprovechar el dulzor de las cepas para preparar el rico guarrús y atiborrarse con una carbonada pachacona. Hoy todo está preñado de soja. Y todos los nutrientes de la tierra se fueron con ella. Para Europa, o quizá más lejos. Una buena hectárea produce más de 20 carretadas de acopios, pero labrar lo producido es muy mal pago. Para más, el piojo verde había hecho su enero y se acudía a la fumigación descontrolada, y por todas partes se veían gentes con el cuerpo bombardeado por el exantema. Quique me decía que el bolsillo de los dueños de tierra crecía y que este año iban a triplicar el resultado. Algo que no sabía lo que era me empezaba a trepanar la memoria de las pasadas alegrías. Quique quería casarse al año siguiente. El padre de la novia tenía el mejor almacén de ramos generales del pueblo, y le decía a Quique que lo mejor era meterse a ganar dinero con los negocios. Con este gigantismo de la soja, uno podía hacer una regular fortuna en un par de años. Pero yo no veía con buenos ojos que Quique se casara, me parecía que era abandonar de alguna forma nuestros ideales de luchar contra los intereses creados, la contaminación, las desigualdades y poder recuperar las cosas perdidas. Claro, él en Jujuy y yo en Buenos Aires no era un proyecto muy favorable. Me acordé de inmediato, cuando niños, en la ayuda que dábamos a nuestros padres en la cosecha de las uvas. Había que seleccionar y catar las partidas de las vides, combinar los mostos, almacenar el vino resultante. La vendimia nunca tuvo una fecha fija para empezar la faena, depende de cómo esté la uva de madura y del tiempo que haga. ¡Qué mágico! El padre de Quique era catador y tenía que probar cien botas en un solo día; si no escupiese el vino, reventaba como un globo. Pero Quique y yo nos tomábamos entre pecho y espalda bastante más vino del que podíamos aguantar sin resentir nuestros escasos quince años. Muy de mañana, los Llapangos y los Susques se mortifican asojados. En los sueños del terruño, extrañan la faena de las vides y el vino chinche patero.

 Obra plástica de Jorge Frasca
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