Pesaje

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Términos de intercambio malogrados
por sus ojos entrecerrados
fondeando codicias
destituyendo la palabra
cerrada cerradura… plus cerrada cerradura
de reyes puestos diciendo:
“nada pesa nada”
módico argenteo + ganancias
deuda deuda… plus deuda deuda
providente ordenanza universal
para el postrimero festejo
pulcra toga + pulcra toga
áulica señoría atestada de siglos
traficando barato
ceño caro… ceño + caro
pronto a repesar el peso
hay un plus de convivencia que nos dejan
quizás
pesada y medida… bien pesada y bien medida
achicharrada
calculada por el brillo de esos ojos huidizos
lucrados en plus oro
gracias…
ya volvemos… ya volvemos
 
juan disante – invierno/14 
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Los pasos de esta materia mudan

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No hace falta que la tierra sirva de traslado
el pensamiento
éste que agota y no deja dormir
el pensamiento, éste, minúsculo e invalido
daña
pisa en los cóncavos disturbios, en los años
en los viajes, en la dulzura y estabilidad
en el acérrimo sexual de la desesperación
o en la todopoderosa poesía.
Ahora, la calle.
Desde el espacio etéreo concebido
las coordenadas empalidecen de sólo pensar
en esta soledad venal
donde la sangre circula en su metafísica decadencia
o la cadencia de su música no olvida.
Hace tiempo que no duermo.
Tu postura muerde en las noches y grito
y si no despierto
me agarra el sonido trágico de la muerte
el traslado al país de lo sublime
la posible cualidad de los únicos.
Me opongo a la salvedad mayúscula
de esta sensación que atora
perseguido por las sombras no puedo deletrear
la palabra
y entonces, ahí, vos tomas mi mano
susurras, epígono mi escollera
–mis huesos tiemblan ante la desnudez del día que avecina–
dices:
que el mundo abismal de la luz cobije siempre
aunque estén a la intemperie
los sueños.
Roberto Goijman

Cúpulas en el poema

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Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad.
Las travesías se volvieron copias
de ciudades tocadas sólo por supervivencia,
para regresar a la mía.
Como si ella contuviera todos los números, los secretos,
las pasiones del mundo.
Alguna vez una calle me devuelve el desierto
y cuando oscurece,
las sombras de las bolsas de basura
son instalaciones de museo, que sólo puedo ver
cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas
detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que
me vendió la caja mágica y la oportunidad
de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas
en la belleza de su oro.
Hay que aprender la asfixia como se aprende un idioma.
Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo.

De “El muelle” 2003, Paulina Vinderman